SánchezBaba y sus más de 40 ladrones

SánchezBaba y sus más de 40 ladrones

SánchezBaba: la fábula de la cueva y la contraseña

Había una vez un leñador pobre que no sabía de ladrones ni de cofres. No mandaba sobre la banda, ni Había una vez un leñador pobre que no robaba, pero sabía escuchar. No organizaba asaltos, pero conocía la contraseña. No mandaba sobre los ladrones, pero entraba en la cueva cuando el trabajo ya estaba hecho. A ese personaje lo llamaban Alí Babá.

En la España de hoy, el cuento ha cambiado de escenario, pero no de estructura. El leñador se ha convertido en presidente y la cueva ya no se abre con un “Ábrete, sésamo”, sino con un boletín oficial, una adjudicación urgente o una empresa pública convenientemente silenciosa. Por eso, en esta fábula contemporánea, hablaremos de SánchezBaba.

SánchezBaba no aparece nunca con el botín en las manos. No lo verás forzando cerraduras ni contando monedas. No se le ve robar. Su papel es más elegante, más moderno, más institucional. Él no roba: gobierna. Su papel consiste en saber quién entra en la cueva, cuándo entra y permitir que otros saquen lo necesario sin que él tenga que hacerlo.


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Porque, como en el cuento original, los ladrones no son uno ni dos. Son muchos. Más de cuarenta. No llevan antifaz, sino traje. No se esconden en montañas, sino en consejos de administración, ministerios, diputaciones, fundaciones y empresas públicas. Los más de 40 ladrones no actúan como banda visible, pero funcionan como red. Una red densa, leal y extraordinariamente bien financiada.

Alí Babá no lideraba a los cuarenta ladrones.
SánchezBaba no parece hacerlo de forma directa.
Pero ambos conocen la cueva. Y ambos se benefician de ella.

Mientras fuera el pueblo discute si llega a fin de mes, la cueva se abre cada mañana. Dentro no hay joyas orientales, sino expedientes, contratos, rescates, subvenciones, cargos creados a medida y silencios bien remunerados. Nadie habla de saqueo; se habla de gestión. Nadie menciona botín; se dice inversión. Pero el resultado siempre favorece a los mismos.

SánchezBaba camina por el relato con gesto tranquilo. Cuando alguien señala la cueva, responde que es un bulo. Cuando alguien pregunta quién entra, se acusa al mensajero. Y cuando alguien insiste demasiado, se cambia la contraseña del debate público. El truco no está en negar la cueva, sino en hacer creer que su funcionamiento es inevitable.



Y lo más inquietante del cuento no es la existencia de los ladrones, sino la resignación del pueblo. Porque el aldeano moderno ya no se sorprende. Asume que hay una cueva, que siempre hay alguien entrando y saliendo y que jamás se enseñará el interior completo. Se le pide confianza mientras se le suben los impuestos. Se le exige esfuerzo mientras se multiplican los cargos. Se le habla de solidaridad mientras otros viven cómodamente dentro.

Aquí el cuento mejora, porque el símil se vuelve incómodo:

Alí Babá era pobre antes de conocer la cueva.
SánchezBaba llegó al poder prometiendo que nadie viviría de ella.
Hoy no se le ve robar, pero gobierna un sistema donde muchos viven de la cueva.

Sin embargo, la cueva no solo sigue abierta, sino que se ha ampliado. Ya no es una grieta en la montaña: es una arquitectura compleja donde caben empresas públicas deficitarias, asesores sin currículum, familiares con agendas privilegiadas, socios políticos improbables y gestores que siempre caen de pie. Los más de 40 ladrones no necesitan coordinarse; basta con saber que el sistema no castiga a los suyos.


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El refrán vuelve solo, como en todo buen cuento español:
“El que parte y reparte, se queda la mejor parte.”
SánchezBaba no reparte el botín en público, pero decide las reglas del reparto. Y eso, en democracia, es una forma muy sofisticada de poder.

El lector no encontrará aquí sentencias ni condenas. Los cuentos no juzgan: enseñan. Y este enseña que cuando un gobernante no roba, pero se beneficia, cuando no ejecuta, pero permite, el problema ya no es el delito, sino la degradación del sistema.

Porque todos los cuentos acaban igual cuando nadie los cuestiona:
la cueva se hace permanente,
los ladrones cambian de nombre,
y el pueblo aprende a vivir fuera, esperando.

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