La inestabilidad política en Latinoamérica y el giro pendular entre izquierda y derecha

Mapa conceptual de la inestabilidad política en Latinoamérica con división ideológica, crisis económica y tensión geopolítica entre Estados Unidos y China.
Vero Franco Conductora argentina de radio y television Autora Clr. Psicologica CEO La Petite Maison de Madelon Espana. 2 1320x660.png

Latinoamérica continúa marcada por la inestabilidad política en Latinoamérica, crisis económica estructural y alta volatilidad migratoria en 2025-2026.
Se destaca la dependencia de materias primas, el giro hacia la derecha en varios países y una democracia regional bajo presión por el populismo.

Se observa un cambio de rumbo en las sociedades latinoamericanas, con un giro a la derecha y dificultades para encontrar estabilidad política. Esta inestabilidad política en Latinoamérica no es un fenómeno reciente, sino el resultado de décadas de alternancia sin síntesis.
En materia económica, la región enfrenta una crisis estructural prolongada, caracterizada por la dependencia de recursos naturales y falta de industrialización.

Venezuela y Nicaragua presentan las peores evaluaciones en términos democráticos y de corrupción, mientras que se percibe un aumento de la inseguridad y volatilidad social. Se señala una etapa de alta volatilidad migratoria, con la crisis venezolana como uno de los principales focos de desplazamiento humano.



Latinoamérica no encuentra un rumbo: proyectos antagónicos se suceden sin parar de impugnar las políticas heredadas del gobierno anterior. Esta dinámica alimenta aún más la inestabilidad política en Latinoamérica, con una tendencia actual al giro hacia la derecha ya visible en Argentina, Ecuador, Paraguay, Bolivia y recientemente Chile y Perú. Se suma la posibilidad de una culminación violenta del régimen no democrático de Venezuela.

Quedan Gustavo Petro en Colombia y Lula da Silva en Brasil, además de Yamandú Orsi en Uruguay, pero los dos primeros enfrentan elecciones en los próximos meses. El primero lo hará en poco más de un año, y el segundo tiene posibilidades de que la derecha también pueda salir triunfante allí.

Pero como analizaremos, el problema no sería la alternancia —deseable y virtuosa en democracia— sino el grado en que se produce y la imposibilidad de síntesis en cada giro cada vez más extremo hacia uno u otro lado.

Al largo cuarto de siglo neoliberal que empezó a mediados de los sesenta con los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en el centro del mundo y las dictaduras militares en Latinoamérica, le siguió un ciclo de gobiernos de centro izquierda populista en el comienzo del siglo XXI. Tuvo como máximos exponentes a Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Lula en Brasil y Pepe Mujica en Uruguay.


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Frente a estos hubo un breve interregno derechista con Mauricio Macri en Argentina, Lacalle Pou en Uruguay, Jair Bolsonaro en Brasil, Sebastián Piñera en Chile y el golpe de Jeanine Áñez en Bolivia. Como un péndulo, la ola volvió hacia el progresismo con Lula nuevamente en la presidencia, junto a las rebeliones populares de Chile y Colombia que decantaron en los gobiernos de Gabriel Boric y Petro respectivamente.

Hace más de 50 años que la región no encuentra un rumbo. Al fracaso de la derecha le sucede el fracaso de la izquierda. La inestabilidad política en Latinoamérica se consolida en una hegemonía imposible que requiere más fanáticos que ciudadanos críticos capaces de evaluar aciertos y errores para impulsar una alternativa superadora.

No es que no haya intentos de fusionar lo mejor de cada enfoque; es que la sociedad no los elige y las identidades políticas siguen centradas en expresiones autoimpugnantes del progresismo y la derecha.

Inestabilidad política en Latinoamérica: economía dependiente, polarización y crisis estructural

La figura del péndulo ayuda a entender esta inestabilidad política en Latinoamérica. A la larga década progresista le sobrevino una derecha más moderada, pero tras la restauración progresista la respuesta por derecha fue más extrema. Las expresiones de ultraderecha comenzaron a ocupar el espacio de la derecha republicana tradicional.

Además, cada vez hay menos contacto entre los diferentes lados de la grieta. Para Bolsonaro había que “fusilar a toda la petralhada”, mientras Javier Milei asocia al kirchnerismo con un “virus mental”. Del otro lado también se observa paternalismo y superioridad moral hacia los votantes de la extrema derecha. Ninguno de los bandos reconoce razones legítimas en el otro.

Los políticos y gran parte de los medios se adaptan a esta dinámica. Se construyen narrativas paralelas que no buscan síntesis. Ante cada hecho, se narran países distintos. Se separan amigos, se rompen familias y todo queda polarizado. Sin embargo, una porción creciente de la sociedad comienza a desafectarse de la política.

A comienzos del siglo XXI, el crecimiento de China generó alta demanda de materias primas, elevando sus precios internacionales. Esto permitió a gobiernos con fuerte presión social disponer de divisas para responder con subsidios y transferencias. Muchos gobiernos populistas aprovecharon esa coyuntura sin avanzar en industrialización estructural.



Existen excepciones, como el Brasil de Lula con un enfoque más desarrollista. No por nada Brasil es socio fundador de los BRICS. El crecimiento chino permitió mayor autonomía frente a Estados Unidos y facilitó la autoafirmación simbólica de los gobiernos de centro izquierda.

Pero al fracaso progresista le siguió un rápido fiasco de la centro derecha. Cuando el progresismo regresó, las condiciones económicas que lo habían impulsado ya no existían. Surgió entonces un populismo sin concesiones, sin recursos y con fuerte carga discursiva.

Este nuevo ciclo defraudó rápidamente a parte de la población, abriendo paso a candidatos de extrema derecha que prometen ruptura total con el progresismo y soluciones inmediatas.

No todo fueron errores. El progresismo amplió derechos civiles, educación y cobertura sanitaria. La derecha puso el foco en el equilibrio fiscal y la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, ambos espacios son percibidos como inaceptables por el bando contrario, profundizando la inestabilidad política en Latinoamérica.

Si en la segunda mitad del siglo XX los vaivenes estuvieron marcados por la Guerra Fría, en el siglo XXI la tensión se vincula a la competencia estratégica entre Estados Unidos y China. Primero como gran comprador de materias primas; luego, como escenario de disputa geopolítica.

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