Aceite de oliva y campo español: el sacrificio del agricultor ante el clima, el mercado y las políticas que lo ponen en jaque

Agricultor recogiendo aceitunas para la producción de aceite de oliva en una jornada marcada por las lluvias intensas

A quienes hacen del amanecer su oficio y de la tierra su vida.

Este invierno hemos acompañado a agricultores en plena recogida de aceituna. Hemos madrugado con ellos, recorriendo olivares, sintiendo el frío en la espalda y observando el esfuerzo físico que conlleva no solo la recolección, sino todo el ciclo agrícola que da lugar al aceite de oliva. Cada racimo, cada árbol, cada surco es el resultado de un trabajo constante que rara vez se reconoce en la sociedad.

Y en estos meses de campaña hemos visto cómo, además de las dificultades climáticas —intensas lluvias que dejaron campos anegados e inservibles durante días—, el agricultor español se enfrenta a un contexto económico y político que amenaza la supervivencia de la agricultura tradicional en nuestro país.

Este reportaje no solo habla de aceitunas. Habla del agricultor en general, de quien cuida la tierra en invierno y verano, de quien soporta incertidumbres climáticas y, ahora, también de quien se levanta cada día para protestar en las calles por un futuro más justo para el campo.

El aceite de oliva: tradición milenaria en peligro

España continúa siendo el mayor productor mundial de aceite de oliva, un cultivo que forma parte de nuestra herencia mediterránea desde hace miles de años. Los olivares representan no solo una producción agrícola, sino también un patrimonio cultural, un modo de vida que se transmite de generación en generación.

Sin embargo, las condiciones climáticas de este año han sido extremas en muchos puntos de España. Las intensas lluvias han causado problemas de drenaje, dificultado el acceso de maquinaria a las parcelas y arrastrado tierra fértil hacia zonas bajas, impactando negativamente la producción y la logística de recogida. Además, las variaciones climáticas —más frecuentes debido al cambio climático— están obligando al agricultor a ser cada vez más resiliente para asegurar cosechas mínimas.

El agricultor, sea de oliva, cereal, hortalizas o frutales, no controla el clima, pero sí paga sus consecuencias. Y este año las pérdidas de tiempo, esfuerzos duplicados y condiciones del terreno han sido un recordatorio brutal de lo que significa dedicarse al campo.


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Precio real del aceite de oliva y la cadena de valor

En origen, durante esta campaña de aceituna, muchos agricultores han percibido entre 0,40 y 0,70 € por kilo de aceituna recogida. Para producir un litro de aceite de oliva se necesitan entre 4 y 5 kg de aceituna, lo que sitúa el ingreso aproximado por litro producido entre 2 y 3 € en campo.

Sin embargo, cuando ese litro llega a los lineales del supermercado, el precio se sitúa entre 5 y 7 € por litro, dependiendo de la marca y formato. Esa enorme diferencia entre el precio en origen y el que paga el consumidor final responde a múltiples eslabones de la cadena de valor —almazaras, envasado, distribución, impuestos— que implican costes, pero también márgenes comerciales que no siempre se traducen en más valor para quien trabaja la tierra.

La ecuación para el agricultor continúa siendo desfavorable: entornos de precios bajos, costes elevados de insumos (fertilizantes, energía, maquinaria) y márgenes prácticamente acotados para quien asume el riesgo climático y productivo.


Acuerdo UE-Mercosur: protestas, políticos y tensiones en el campo

En paralelo a estas dificultades estructurales, el sector agrario español ha vivido en las últimas semanas movilizaciones masivas contra el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, que agrupa a Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay. Los agricultores consideran que el tratado, tal como está planteado, fomenta una competencia desleal frente a productos importados con costes de producción mucho más bajos y con estándares sanitarios y medioambientales distintos a los europeos.

El 11 de febrero de 2026, cerca de 500 tractores y entre 8 000 y 10 000 personas marcharon por el centro de Madrid para protestar contra el acuerdo UE-Mercosur y los recortes previstos en la próxima Política Agraria Común (PAC). La movilización, organizada por varias organizaciones agrarias, partió desde distintos puntos de la Comunidad de Madrid con columnas de tractores que confluyeron en la Plaza de Colón, generando alteraciones en el tráfico y evidenciando el malestar del campo ante lo que muchos perciben como políticas que no les protegen.

Estas protestas no han ocurrido solo en la capital; también se han celebrado concentraciones en otras ciudades agropecuarias como Córdoba, donde más de 500 agricultores y ganaderos se manifestaron contra el acuerdo Mercosur y la falta de garantías presupuestarias para el campo.

Los manifestantes advierten que permitir la entrada de productos con menores controles pone en riesgo no solo la producción nacional —incluido el aceite de oliva— sino también la seguridad alimentaria y los estándares de calidad que distinguen a los productos europeos. La tensión política incluso ha generado debates internos en partidos nacionales, con la posibilidad de que el apoyo al tratado afecte a la representación política en regiones rurales clave.


Un campo que reclama justicia y futuro

Los agricultores no reclaman proteccionismo irracional ni aislarse del mundo. Reclaman equidad, sostenibilidad y reconocimiento de su trabajo. Denuncian que, además de la carga física del trabajo diario, las políticas agrarias actuales —incluidas condiciones de la PAC, acuerdos comerciales y presión regulatoria— están desincentivando a las nuevas generaciones de continuar en el campo.

El impacto de fenómenos climáticos extremos, junto con el peso de los costes productivos y la inestabilidad de precios, ha llevado a muchos agricultores a cuestionar si seguir dedicando su vida a esta labor. Algunos han expresado que sienten que el campo se está muriendo, y que las decisiones político-económicas recientes no están alineadas con las necesidades reales del sector.


Conclusión: defender al agricultor es defender al campo español

El aceite de oliva, junto con otros productos agrícolas, es un emblema de la riqueza rural española. Pero si queremos protegerlo, debemos proteger primero a quien lo produce: el agricultor. El reconocimiento social, la justicia en la cadena de valor, políticas que reflejen costes reales de producción y medidas que tomen en serio el impacto climático y comercial son imprescindibles para dotar de futuro al campo.

Cuando se abandona la tierra, se pierde más que producción:
se pierde historia, paisaje, cultura y comunidad.
Y eso no debería ser el precio que paguemos por el progreso.

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